En los 80, el mercado de los videojuegos de 8-Bits estaba azotado por la piratería. Al menos eso es lo que contaban las distribuidoras para justificar sus pobres ventas, cuando en realidad el problema era básicamente uno: Los juegos eran caros. ¿Os suena la situación?

En aquel momento, un extraordinario momento de lucidez por parte de Erbe, distribuidora española, causó que se iniciaran conversaciones con gran parte de todas las grandes marcas que diseñaban videojuegos. Para convencerlas de que pasaran de las 2000 pesetas que solían costar las últimas novedades (unos 12€)… a 875 pesetas (poco más de 5€).

Y chavales, no sé si es que tenían un hipnosapo a tope de watios, pero los convencieron. El resultado: Las ventas subieron como la espuma y la gente por fin se daba cuenta que era mejor comprar un producto original a tan bajo precio.

Cuando conocí por primera vez el concepto de la App Store, me recordó mucho ese momento. Más allá de todo lo que se le pueda criticar a la tienda de aplicaciones de Apple, lo cierto es que los “bajos” precios y la cantidad de productos han animado a mucha gente a comprar, quizás por primera vez en su vida, software original. Y lo que es más importante: Un sistema de compensación justo y que reparte más beneficios al desarrollador que a la empresa que lo vende, en este caso Apple.

A menudo se menosprecia el inmenso poder del marketing que tienen los precios. No sólo por el hecho de que, a menor precio, más gente puede acceder a tu software y recomendarlo a otros, sino por el tremendo sentimiento de recompensa al creador que ve como su software está siendo útil y la gente lo está usando. Volverá a diseñar otro nuevo programa. Y volveremos a ganar todos.

En aquel momento, la técnica de las 875 pesetas funcionó muy bien, y Apple ha demostrado que incluso las aplicaciones a 0,69€ pueden ser rentables, si son de calidad y apoyadas por un sistema de distribución justo y sin intermediarios.

“Aprender del pasado”, cuanta falta hace y cuanto a menudo nos olvidamos…